LA DICTADURA PROGRE

                           

La dictadura progre, la dictadura de  lo políticamente correcto  es la que manda en España y en Europa. Tal es su poder que   es la causa  que la derecha, con mejor gente y mejores ideas,  no gane de forma nítida las elecciones.

 Esta dictadura ejerce su influencia  en los medios de comunicación, en la enseñanza,  en el poder judicial, en la industria de entretenimiento (cine y televisión)  e incluso en la Iglesia católica. En estos sectores,  los periodistas, profesores, políticos, tertulianos, columnistas, cineastas,  curas y algunos obispos tienen miedo que los progres les digan que son de derecha.  Tienen  que dar prueba de progresismo porque es lo que se espera de ellos.

 Los progres exigen sobre todo que se acepte, y sin  debate alguno, los dogmas de la ideología de género, la conveniencia  que Europa acoja una inmigración masiva y el catastrofismo climático. Dicen que es urgente salvar el planeta, luchar contra el machismo, la homofobia y el racismo.

Cualquiera que se oponga a estas ideas será tachado de machista, de xenófobo y hasta de racista. Será llamado, “negacionista”, asimilándolo moralmente a quienes niegan o restan importancia al holocausto.

Han conseguido que se identifique izquierda con la democracia y la libertad, aunque es sabido que la democracia fue un invento  burgués y  Lenin dijo “¿libertad, para qué?”.

A pesar de que el bienestar y la libertad de que disfrutan los progres se lo deben al capitalismo y   al liberalismo, la sensación de superioridad moral que posee es absolutamente injustificada.  Culpan de la pobreza y del deterioro del medio ambiente, a la economía de mercado y, de ahí,  extraen la conclusión   que es posible construir una sociedad mejor simplemente por la mera voluntad política, ignorando las leyes de la economía y de la naturaleza humana.

La izquierda, adaptándose a los nuevos tiempos desde la caída del muro de Berlín,  ha sustituido las propuestas de antaño por la ideología de género, el multiculturalismo, el calentamiento global, los papeles para todos,  la tolerancia con la  delincuencia y los okupas, etc.

Los pobres, negros, inmigrantes, homosexuales, y ahora hasta las mujeres, son despojados  de su condición de individuos y se convierten en minorías oprimidas a las que hay que salvar.

El ideal progresista a largo plazo, más o menos confeso, es una sociedad regida por un gobierno mundial en el que las únicas libertades individuales serían la sexual y la consumista, mientras que una administración prácticamente omnipotente se haría cargo de nuestras vidas.

 Sería una sociedad en la que sólo existirían individuos “liberados” de cualquier dogma religioso o moral frente a un Estado, teóricamente benevolente, que les garantizaría la felicidad material y la ausencia de dolor hasta el fin de sus días, probablemente en una acogedora sala de eutanasia.

Su estrategia no es la revolución, son los pequeños pasos, las sucesivas “conquistas sociales”, fijadas por comités de “expertos” con plazos realistas. Cada vez con mayor insistencia se lanzan globos sonda como que no deberíamos comer carne, no deberíamos conducir un coche privado, no deberíamos viajar en avión, etc.  Revelan una mentalidad inequívocamente totalitaria.

Enrique Gómez Gonzalvo  6-11-2021 Referencia 480


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