IGUALDAD ANTE LA LEY

Así como la libertad es consustancial con la condición  humana, no ocurre lo mismo con la igualdad pues la naturaleza   ha dispuesto que no existan dos seres humanos iguales e  incluso los hermanos  son completamente diferentes.

Desde el comienzo de la historia hasta nuestros días ha habido pensadores que, disconformes con las sociedades en las que vivían, diseñaron sistemas alternativos para conseguir una sociedad mejor.  Todos querían volver a una  sociedad idílica prehistórica, que nunca existió, donde los seres humanos  llevaban una existencia plácida, rechazando el individualismo y sin existir la propiedad privada.

El primer modelo de sociedad utópica se lo debemos a Platón. En uno de sus diálogos más conocidos, La República, hallamos una detallada descripción de cómo sería el estado ideal.

La Utopía de Tomas Moro ha sido posiblemente la primera descripción en épocas más recientes del sueño democrático-comunista.

Karl Marx pronosticó  que la clase capitalista sería derrocada y suprimida por una revolución mundial de la clase obrera que, apoderándose de los medios de producción y de los bines de consumo culminaría con el establecimiento de una sociedad sin clases.

Francis Bacón  describió en La nueva Atlántida (1629) esa sociedad utópica, lo mismo que Tommaso Campanella (1639) en  La ciudad del sol.

El liberalismo, la ideología nacida en el siglo XVIII y extendida en el XIX, también hablaba de igualdad, pero se refería a la igualdad ante la ley porque sabía que la igualdad económica es incompatible con la libertad individual y el derecho a la propiedad. Si bien, nunca hasta entonces había existido ningún pueblo  que defendiera la igualdad como producto individual. Existía si, una igualdad ante la ley de los hombres libres, pero de lo que se trata es que se extendiera a todos  los seres humanos, sin distinción de raza, sexo, religión,  condición económica o social.

La izquierda en su versión más moderada, la socialdemocracia, pretendía conseguir  los mismos resultados democráticamente a través del voto y los impuestos.

Aunque todas  religiones e ideologías se han considerado con derecho  a imponer su modelo de sociedad,  solo los comunistas, desde Lenin,  se han creído legitimados para robar y matar  para extender  unas ideas, que en el fondo no son  más que el deseo de un poder ilimitado. Se trata de controlar a las personas, a la sociedad, diciéndonos lo que tenemos que hacer, que  consumir, que pensar sobre hechos históricos, despreciando al individuo que se  sale de lo políticamente correcto.

Con todo, en el fondo hay un error de conceptos porque la igualdad no es un bien en si mismo y el discurso igualitario, en lugar de preocuparse porque  la gente esté bien y a los que tienen menos recursos  no les falte nada, pone el acento exclusivamente en  la igualdad.

 Lamentablemente,  la envidia es la base del igualitarismo pregonado por la izquierda. A los envidiosos se les ensalza como personas de elevada moralidad que quieren acabar con la desigualdad, en cambio  los que defienden  la libertad del ser humano para labrar su propio futuro, son tachados de peligrosos, individualistas e insolidarios.

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