LA RELIGIÓN EN LA GUERRA CIVIL

                                           

La religiosidad popular  es la religión tal como la vive el pueblo llano en oposición a la religión oficial de las élites, la jerarquía y los intelectuales. En la primera son fundamentales  las procesiones,  romerías, festividades, tradiciones populares  y los rezos, utilizados con frecuencia para obtener beneficios.  En la religión oficial se da más importancia a lo sagrado, a la celebración del sacrificio de la misa y a los sacramentos.

En la  España previa a la Guerra Civil, el socialismo y el anarquismo ateos estaban muy  extendidos en los barrios obreros de  Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla y   en las cuencas mineras de Asturias y Vizcaya. En el resto de España, eminentemente rural, estaba muy arraigado el catolicismo popular. Los no religiosos propugnaban la lucha de clases y la revolución  y los si religiosos defendían la propiedad, la dignidad de la persona y estaban dispuestos al enfrentamiento  con los  que le quisieran quitar lo que era  suyo y que tanto esfuerzo les había costado conseguir.

 La diferencia fundamental entre ambos grupos era la religión, pero la idea de la dignidad de la persona, el yo soy yo,  el que todos somos iguales porque todos somos hijos de Dios, tan frecuente en el labriego, también estaba presente en muchos anarquistas y es por eso que el anarquismo tuvo más implantación en España   que el comunismo.

El abismo entre esos dos mundos culturales antagónicos,  católicos practicantes y  anticlericales convencidos, se ensanchó con la proclamación de la Segunda República y los que hasta entonces habían quedado en medio en esa batalla tuvieron que decidir. Guardar la casa, el orden, la propiedad, se convirtió en una auténtica obsesión para los católicos.

 Fue  al mes escaso de inaugurarse la República, el 11 de mayo de 1931, cuando se produjo  la repentina explosión de ira anticlerical, con el  incendio de  centenares de iglesias, colegios religiosos y conventos, sin que Maura lograra la autorización de sus compañeros de gabinete para usar la fuerza contra los incendiarios. Entonces   se produjo la fractura de la sociedad española en dos mitades.

Esta salvajada se repitió en las jornadas revolucionarias de octubre de 1934 en Asturias en que  volvió a aparecer  el fuego purificador: 58 iglesias, el palacio episcopal, el seminario con su espléndida biblioteca y la Cámara Santa de la Catedral fueron quemadas o dinamitadas.

 En la Constitución del 9 de diciembre de 1931 se había aprobado  la no confesionalidad del Estado, se eliminó  la financiación estatal del clero,  se introdujo el matrimonio civil y el divorcio, se disolvió la orden de los jesuitas y, lo más doloroso para la Iglesia, se prohibió el ejercicio de la enseñanza a las órdenes religiosas.

La confrontación entre la Iglesia y la República, entre el clericalismo y el anticlericalismo, había dividido  la sociedad española  tanto como la reforma agraria o el resto de los conflictos sociales.

En cambio, la sublevación no se hizo en nombre de la religión. Los militares que la concibieron y la llevaron a cabo estaban más preocupados por otras cosas, por salvar el orden, la patria, por eliminar el liberalismo, el republicanismo y  las ideologías socialistas y revolucionarias que incitaban a muchos trabajadores a la revolución.

Enrique Gómez Gonzalvo 26/01/2021 Referencia 385


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