LA CUARTA HUMILLACIÓN

                                        

Todas las civilizaciones desde la más remota antigüedad han coincidido en que la Tierra era el centro del universo y todos los astros y estrellas, incluido el sol giraban alrededor de la Tierra. Es la llamada teoría geocéntrica. Aún hoy, en el lenguaje popular se dice que el sol sale por el Este y se pone por el Oeste, como si  la Tierra estuviera quieta y fuera el sol el que girara alrededor de ella.

Esta teoría estuvo vigente hasta el siglo XVI, cuando Copérnico aseguró  que la tierra y los demás planetas  eran los que giraban alrededor del sol.

Esta fue la primera humillación: nuestro planeta no es el centro del universo.

Todas las religiones desde las más primitivas, afirman que el hombre fue creado por unos seres superiores a los que llamaban dioses. Esta idea persistió hasta que Darwin, según la Teoría de la Evolución de las Especies, llegó a la conclusión  que todos los seres vivos, incluido el hombre, somos  producto de la evolución, es decir, que tenemos un antepasado común con los monos.

Esta fue la segunda humillación: no fuimos creados por  un ser superior, sino que somos productos de la evolución como todos los seres vivos.

El inconsciente, según Freud se puede definir como aquél contenido mental del que no tenemos conocimiento de su existencia y que nunca conoceremos. Se parece a un agujero negro, en el sentido que no podemos conocer su contenido. Pues bien, gran parte de las decisiones que tomamos se deben al contenido de ese  agujero negro que no conocemos.

 Es decir, tomamos las decisiones voluntariamente pero no sabemos las razones. De forma que el inconsciente gobierna y dirige gran parte de nuestra  conducta.  Esta fue  la tercera humillación.

Hasta ahora teníamos la impresión que el cerebro funcionaba  como si en él hubiera un “personajillo”  al que llamábamos “yo” que procesaba nuestros pensamientos,  recapacitaba, meditaba y decidía con criterios racionales y en libertad. Sería como el despacho oval de la Casa Blanca.

Pues bien, el “yo” no existe, es una construcción cerebral. Es cierto que recibe informaciones del mundo exterior a través de nuestros sentidos (vista, oído, etc.),  que esta  información la procesa y la traduce en pensamientos aunque  la mayoría de ellos no suelen ser sabios, maravillosos ni siquiera útiles, sino mera cháchara. De dichos pensamientos, no triunfan los mejores o los más racionales o los que nosotros queremos, sino los que son buenos  para la supervivencia o los que están más de acuerdo con nuestras emociones. Esto limita en gran parte nuestra libertad.

Las repercusiones en todos los campos si todo esto se confirma son enormes. Si no somos libres, no somos responsables de nuestros actos,  no hay pecado, luego no debe haber castigo, pero la sociedad si tendrá que  defenderse de  pederastas, violadores, asesinos, etc.

 Esta fue lo que el Dr. Rubia llama la cuarta humillación.

          Enrique Gómez Gonzalvo.  15-12-2015

 

 

 

 

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